Estoy segura de que la mayoría de las personas que están leyendo esta columna jamás han escuchado la frase del título, sin embargo, para quienes empezamos a formar una familia en la década del setenta era de lo más común.

Por aquellos días en que las mujeres embarazadas todavía no habían pasado a considerarse como discapacitadas, como veo que ocurre ahora, lo que sí era muy específico era la moda de maternidad. Esa ropa cómoda y stretch que se usa ahora no había sido inventada. Las mujeres encinta debían andar bien cubiertas y no se veían panzas al aire en la playa ni en los parques ni en ningún lado. Había que ser recatada con el bebé que se llevaba dentro. Me gusta mucho más la moda actual.

Entonces, el proceso era algo así: la jovencita quedaba embarazada —y digo jovencita porque la edad para procrear también estaba estrictamente determinada— y andaba muy feliz por la vida hasta el día en que se empezaba a notar el bulto en la cintura. En aquel momento pasaba de usar su ropa de diario a ponerse unos pantalones bastante incómodos que lo único que tenían stretch era un pedazo de tela sobre un área del estómago por lo que con el avance del embarazo la porción de tela regular empezaba a enterrase martirizando a la embarazada.

Conjuntamente, con estos pantalones se migraba a unas camisolas anchas que solían tener una tira que se amarraba en la espalda con un lazo. Eran como una especie de paracaídas y a partir de este momento la gente decía con ternura que ya una “estaba de chaquetón” que era el nombre que recibían dichas camisas. Se podrán imaginar que debajo de esa tolda de campaña cabía no solo el bebé sino las ochocientas libras que se permitía engordar a la embarazada. La regla de dos libras por mes no se empezó a aplicar hasta finales de los setenta.

Suena muy divertido poder engordarse millones de libras, pero esa felicidad solo duraba hasta que uno paría y por meses y meses después del evento la gente seguía preguntando “¿cuántos meses tienes?” ¡Plop, qué fallo!

Hoy en día las embarazadas son libres y felices de vestirse exactamente como les de la gana y, francamente, no hay nada mejor que estar cómodo cuando se carga una panza. Las envidio un poquito.

Además de los chaquetones había otra serie de rituales como tomar aceite de ricino y otros menjurjes cuando los niños se ponían tercos a la hora de salir. Eso no lo viví, pero si me tocó la época feliz en que todo lo que ahora le prohíben comer a las embarazadas estaba permitido. Me tocó también el advenimiento del sistema de pacto profiláctico gracias al cual respirando como perritos lográbamos aliviar el dolor que llegaba con cada contracción. Bueno, en mi caso era así, hay quienes se quejan de que no servía para nada, pero cada uno habla de la fiesta “asegún” como le fue.

Por el momento, porque seguro vendrán nuevas tendencias en esto de parir, concluyo que gracias a Dios ya nadie “está de chaquetón”.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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