Jamás se me ha borrado la imagen de aquellos primeros días de clases en que tan pronto uno llegaba al salón alguna de las maestras asignaba como tarea escribir “lo que hiciste en el verano”. A uno de chiquito le daba un poco de miedo lo que parecía una labor titánica y el pavor era aun mayor cuando las vacaciones se habían pasado recogiendo bichos en el patio y sin evento alguno que luciera lo suficientemente meritorio como para ser compartido.

Hoy entiendo la importancia “importantísima”, valgan la redundancia y el adjetivo mal usado, de recolectar bichos en el patio, sinónimo de inventarse una vida, un destino y una entretención sin más ayuda que la propia creatividad, sumada en muchos casos, a la de alguno de los seis hermanos que se dedicaban a la misma profesión.

En aquellos largos días no había intervención alguna de ninguno de los adultos que supervisaban la existencia de la tropa excepto, quizás, para dar un grito que anunciaba “está servido” y que era el llamado a lavarse las manos y la cara —aunque muchas veces seguro se ameritaba un baño de cuerpo entero— para sentarse a la mesa y empezar la batalla para no comerse las espinacas, desmayadas, por no decir muertas, muertísimas que aparecían la mar de veces en el plato. ¡Ay, Dios, qué perdida de rumbo me he dado! Vuelvo a la tarea.

Los años fueron pasando y la tarea, estoica, se repetía consistentemente. En mi caso pasé de redacciones muy cortas a otras igualmente cortas pues sucedía que si hacíamos poco había poco material y si hacíamos mucho me embargaba un cierto sentimiento de vergüenza por aquello de no ser ostentosa a la hora de detallar mis aventuras.

Sin embargo, como les he contado en algún artículo pasado, la tía Ángela, nuestra tía abuela, siempre coronada como abuela, vivía en Los Ángeles, California, y el año que bajo el árbol apareció una maquinita de escribir entendí la delicia de contarle a alguien las ocurrencias de la vida propia. Mecanografía no aprendí, ni siquiera en aquel salón del tercer piso del Colegio Las Esclavas frente a unos maquinones que requerían que uno mínimo levantara pesas con los dedos para poder activar las teclas, pero a contar mi vida ¡SI! Tanto así que lo sigo haciendo semanalmente en este espacio porque de las cartas a la tía Angela pasé a las misivas a mi novio que estudiaba afuera y luego a mis amigas cuando yo estudiaba a fuera y por ahí se fue la cosa.

Hoy, para mí, escribir no es una tarea ni un oficio ni un trabajo ni una obligación. Es mi lugar feliz. Es aquel lugar donde me encuentro conmigo misma y puedo, sin cortapisas, regañarme, felicitarme, quererme, llorar a veces —cosa que no hago jamás en la vida real— reírme de mis atorrancias, planear nuevas aventuras, dejar un rastro de mi existencia para aquel a quien le interese seguirlo.

Que no se me quede por fuera que para la construcción de este lugar feliz que el diciembre próximo cumple treinta años de haberse iniciado, cada uno de ustedes ha puesto su bloque, su palito, sus sugerencias, en fin, agradezco que me hayan ayudado a construirlo. ¡Gracias!