Crecí comprando ‘dulce de vasito’ en la tiendita de Panamá Viejo. Son los mismos que hoy todos, hasta yo, llaman ‘cupcakes’. En la escuela tomábamos bebida roja o de naranjita, en envase de cartón. Hoy la gente habla de jugos. Comí durante los veranos en San Carlos bastante pan de dulce, el primo machetero del cinamon roll.
El asunto es que yo sé que los tiempos pasan, los nombres cambian, pero resisto a que me cambien el nombre de mi café negro.
Mis abuelos en San Carlos tomaban café con leche, y le ofrecían al chancero (señor que vendía la lotería de casa en casa) café negro, porque así lo tomaba.
A veces pienso, que lo malo que le pasó al café, o a quienes lo tomábamos de siempre, fue ponerse de moda. Eso lo encareció y le subió los humos a quienes lo servían en las tiendas de café (inserte aquí la traducción al inglés). Y aclaro que el café es muy, muy valioso y que también respeto el arte de los baristas.
En lo que no me han podido torcer el brazo es en eso de cambiar el nombre al café. La escena se repite así:
-¿Me da un café negro?
-¿Café americano?
-Negro
-Ah, americano.
A esta transcripción de conversación le falta el lenguaje corporal en el que yo le voy insistiendo en que me de café negro y punto, mientras la persona del otro lado intenta ¿corregirme?, ¿educarme?, ¿pulirme?
En la Segunda Guerra Mundial los soldados estadounidenses probaron el café expreso italiano y les pareció demasiado amargo ¡uf! Por ello le echaron agua. Ese es el origen del café americano. Esa también es la razón porque en las películas veíamos a la gente tomar una taza de 16 onzas de café. Así, aguado, claro.
Voy a atrever a decir que la gente de América, que no se define como ‘americana’, en su mayoría toma café fuerte o semi fuerte. Nuestro café va en tazas o tacitas, y si se lleva en un termo es para que nos aguante una jornada.
Entra por aquí otro temita: la incomodidad que provoca el que un país se atribuya el nombre de América, dejando al resto por fuera.
Hace unos días una cafetería en Canadá compartió un video de algo que ya venían haciendo hace rato, primero por curiosidad y ahora por nacionalismo: cambiar en la pizarra de su menú el “café americano” por “café canadiano (sic)”. Y es que el presidente Trump no de deja de machacar con lo de los aranceles y otros desplantes más a sus vecinos, aliados incondicionales (bueno, hasta hace poco) los canadienses.
Cada quien con su tema.
Tal vez soy necia, y me mantengo en mi café negro o café solo.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
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